miércoles, 26 de enero de 2011

A veces se hacen eternas las escaleras, como si fuera imposible llegar al tope, solo pensamos en poner un pie delante del otro y seguir... se desdibujan nuestros anhelos e ilusiones, tratamos de comprender la muerte sin perder la vida, nuestro ser se vuelve leve, ingravido, las lágrimas caen de nuestros ojos y resabalan por las mejillas sin poder contenerlas y no hay una palabra o una caricia que nos haga sonreir.
Tratamos de cruzar la calle y los autos aceleran a nuestro paso, cómo si quisieran atropellarnos, qué polvoso esta todo, los árboles han perdido sus verdes y sus lilas, sin embrago se escuchan trinos en sus ramas, pero son trinos apagados, tristes y se mezclan con el horroroso sonido de los claxons, de la prisa.
A veces estamos tristes, perdidos en el camino... y solo lo seguimos sin entenderlo, sin sentido, sin dirección.
Hay muchas cosas de nuestros pensamientos que no entendemos y que caen como fragmentos de un cristal que se ha roto, algunos caen encima nuestro y nos lastiman con pequeñas heridas a las que de momento no damos importancia, hasta que las vemos sangrar, entonces nos duelen.
A veces no comprendemos cómo una frase puede cambiar la percepción de las cosas y evitamos decirla o lo olvidamos, tal vez tarde comprendemos que esa sola frase puede cambiar la vida de alguien.

Hay un hombre dormido atrás de la banca del parque, envuelto en una cobija sucia, amanece, cala el frío, el sol trata de filtrarse por las ramas de los árboles, no hay cobija que caliente, el frío viene de dentro... no hay manta que nos lo pueda quitar.
Sin embargo debemos continuar, el deber llama...